iPad: crónica de un escéptico

27 junio 2011

¡He criticado tanto a la tablet de Apple! No había gadget moderno que encontrase más inútil que aquellas diez pulgadas por las que todo el mundo suspiraba.

El éxito del dispositivo crecía por momentos. Fuese a donde fuese, iPads por doquier. Los que en un principio se declaraban detractores de aquel iPhone grande se convertían en comerciales la mar de entrenados. Hablaban día y noche de las bondades del aparato, de lo que había cambiado sus vidas…

La prensa (también generalista) comenzó a centrar sus agendas en el producto, priorizando aquellas noticias que aludiesen a su aplicación en cualquier ámbito: medicina, educación, hostelería… no faltaron tampoco los estudios de mercado, disruptores análisis sobre cómo Apple había conseguido revitalizar un segmento que se creyó muerto antes de nacer.

En fin, que el iPad se puso de moda y aquí un servidor no entiende de términos medios en cuanto a tendencias: o se siguen o se coniverte uno en acérrimo detractor.

-¿Para qué quiero un iPad? Para nada. -¿Qué le encuentra la gente?

Estaba por entonces escribiendo por estos lares cuando se presentó el iPad 2, que se suponía toda una revolución respecto a su predecesor (luego vimos que no tanto) y me dejé llevar por la emoción colectiva. Me dije que le daría una oportunidad, que Jobs había sabido convencerme y que en mi nuevo entorno laboral le daría más uso.

 

Allí estaba yo, dispuesto a comprarlo de salida (si es que quedaba alguna unidad). Tras sostenerlo unos instantes me asaltó nuevamente una fuerte oleada de escepticismo. Escuchar a un ilusionado comprador alegar que el iPad era el complemento perecto para el sofá terminó de echarme para atrás: iba a ser más feliz con mis 500 euros de vuelta a casa.

Ironías de la vida, varios meses después, en una Apple Store de Los Ángeles, ese arrebato consumista que siempre nos sobreviene en territorio extranjero me hizo adquirir el modelo WiFi de 16GB con el correspondiente Smart Cover (naranja, si queréis más señas). No creeréis lo que ocurrió.

Estoy por cumplir un mes con mi adquisición y de repente lo entiendo todo. Bueno, realmente no entiendo nada, no sabría explicar por qué, pero el caso es que ya no concibo mi día a día sin un iPad al lado. Sostener mi iPhone se ha convertido en pasatiempo de segunda, iOS en 3.5” deja mucho que desear una vez se han probado sus bondades en esa pantalla de 10 pulgadas.

Los juegos, que antes ni me atraían, ahora me atrapan durante horas, enfrascado como estoy en superar mis marcas de Infinity Blade o Rage.

Editar posts en cualquier lugar ya no es un suplicio, más bien un placer (bueno, no tanto, pero sí al menos mucho más cómodo). ¡Y qué decir de Flipboard! No puedo prescindir de esa genial aplicación que me ha devuelto la afición a devorar la actualidad al minuto, cuando en mi MacBook la tenía bastante dejada en según qué ámbitos no estrictamente profesionales.

No puedo hacer otra cosa que darle la razón a aquella desconocida del Fnac, la que dijo que el iPad es perfecto para el sofá o la cama. Porque tirarse a la bartola con la tablet bajo el brazo es el doble de placentero.

¿Me habré convertido en fanboy? ¿alguna de las razones que he dado son convincentes siquiera? No lo sé, pero con el iPad me ha ocurrido eso de que hasta que no lo pruebas, no lo sabes.

 

Por José Carlos Castillo en AppleWeblog.

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